Dame un tema

Yo pongo el poema

Eso prometía el cartel de una dama en el retiro. Una chica, sentada con una pequeña mesa y una máquina de escribir aliviaba tus emociones con un poema, así como una adivina elimina tu impaciencia.

Me gustan estas formas de difundir la poesía. De compartirla y normalizarla. Porque es ahí donde está la poesía, en un paseo por el parque, en la lluvia, en las formas cotidianas del día a día.

Sin embargo, me parece que le quita valor al poema el hecho de que sea el consumidor, y no el poeta, el que le pone precio. No pongo en duda la capacidad de valorar unos versos que tiene el transeúnte: Probablemente sea una persona instruida en las riquezas de la lengua. Pero sí dudo de su capacidad para remunerar correctamente el trabajo de un poema que puede tener una gran calidad a pesar de haberse escrito en menos tiempo.

Si hubiese que estandarizar el precio de un poema con el fin de erradicar el contrabando, la precariedad, y la veracidad literaria: ¿en qué se basaría su precio? ¿Por kilo? ¿Por papel empleado? ¿Cómo se pone precio a un poema? ¿Por el tiempo invertido? ¿Por el número de palabras?

El caso es que todo esto importa, pero lo más importante es el contenido. Y las ideas no tienen precio. No puedes pesarlas, ni medirlas, las ideas son invisibles. Y sin embargo habitan en nuestra mente como formas primarias que nos constituyen.

Cualquiera diría, que las palabras no valen nada. Pero esas ideas intangibles que puedes plasmar en un poema son del mismo material que tus pensamientos. De un material intangible, por el cual corren los instintos. Nadie sabe quien lo ha dejado ahí, pero forma parte de ti como una columna indestructible de tu personalidad.

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